Perdóname

Perdóname, si cuando escribo de desamor, lo hago pensando en ti. Pero es que no tengo más que decir. Si tuviera a Afrodita frente a mí, la tomaría y me refugiaría entre sus dadivosos brazos llenos de amor postizo, como el que tú ofreces, antiguo gato.
Eres tan místico y fugaz como el nacimiento de una estrella en nuestro complejo universo, que nos lleva con sus fuerzas entre un bamboleo de suplicios y fantasías sustanciales.
Zarpamos en el mar de una tristeza infinita cuando el amor yace ausente, pues a veces, la soledad no llena ese vacío en el alma que poco a poco crece. Nos ahogamos, nos arroja por la plancha la desventura que se ha vuelto pirata, pues arrasa con todo, con nada.
Es cual hoy por ayer que las memorias vagabundas de los desamores no tiñen rojos, verdes ni gráciles y poco sensatos colores que nos camuflan el alma. Nos escondemos como ratones en su agujero, colmados de la oscuridad de un día triste, pero nuevo; nuestro ser ya se posa en esto como situaciones cotidianas que no le hacen sufrir más, ya nada la engaña.
Perdóname, si cuando he escrito esto, he pensado en ti como la imagen de un amor eterno que se ha vuelto apariciones aterradoras de lo que algún día fue nuestro; ese sentimiento “inalcanzable”, que ahora sólo es, sin más ni menos, nada más que hastío de ti, de mí, de lo que fuimos
.

Julia María del Prado

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