Un dulce olor a lluvia

Es de tarde. El día de hoy ha sido bastante aburrido, se podía esperar, es día festivo. Desde la mañana el cielo se comenzaba a tornar grisáceo, y corría un dulce olor a lluvia por el viento.

Una, dos y tres gotitas.

Comienza a llover y se desprende el calor del suelo Yucateco, un bochorno menopáusico que te enloquece y te agobia como nunca nada lo he hecho; ah, pero el fresco vientecillo que se hace presente por la noche, ¡Uf!, ni qué decir. Uno duerme una delicia con un clima nocturno que esté fresco, un poco frío, perfecto.

Cuatro, cinco y seis gotitas. Olor a tierra mojada.

Tengo de mascota un pato, me imagino que él ha de estar muy feliz porque está lloviendo. Pachamama también ha de estar feliz. el Padre cielo le está diciendo que la ama, o que ya está cansado de que la especie lo contamine con gases tóxicos, uno nunca sabe.

Cada gota es un beso que el Padre Cielo le da a Pachamama. Ellos son fieles amantes, crueles verdugos, meditabundos creadores.

Siete, ocho y nueve. Me recorre un escalofrío.

Me encanta el sonido de la lluvia, me suena como a mil tamborcitos arrítmicos intentando tocar un ejercicio rítmico-melódico, pero fallan.

Diez. Es el final.

Los árboles bailan con el viento, porque está lloviendo y ellos se nutren las raíces de agua. Mañana sus hojas se verán verdes y radiantes. ¡Cómo me gusta el paisaje verde, verde!

“Verde que te quiero verde…”, como dice García Lorca.

 

Julia María del Prado

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