¡Ha regresado a mí!

Sí, ella ha regresado a mí.

No estoy hablando de una mujer, sino de mi viola. Aunque para muchos sea, quizá, nada más que un pedazo de madera, para mí es como mi mejor amiga. Ella saca lo mejor de mí.

Yo jamás me había separado de ella. Siempre que salgo a la calle, ella es mi fiel compañera… y  sé que es muy tonto ponerle nombre a los instrumentos musicales; ella para mí es Victoria. 

¡Ay mi Victoria de cuatro cuerdas, voz cálida y grandes talles!.

Es una cosa sublime tenerla de nuevo conmigo, la añoraba muchísimo. Es como si fuera mi hija, mi hermana, mi madre, mi mentora, mi dama… Sí, mi dama. ¡Cuánto la quiero!.

Sueño con alcanzar junto con ella, un eclipse de virtuosismo y sentimiento que haga llorar a la gente mientras critica una técnica majestuosa. 

Sé que todo va por mi parte, que los resultados de mis esfuerzas, los dolores de brazo, las empollas en los dedos y la marca en mi cuello son residuos de ella, de lo que somos juntas.

Victoria me libera de todo cuando la hago sonar. Olvido mis problemas, mis preocupaciones, olvido que la suite n°1 es para chelo y me derrito con su canto. Se me eriza la piel de pensar en el maravilloso sonido de sus quintas en cuerda suelta…

¡Por papá Bach!, se está derritiendo mi alma de sólo mentalizarme tocando.

Quiérome morir con ella en manos.

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