Retrato de tu rostro

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De tu frente, para abajo, encuentro un paraíso: tu rostro.
Este es el retrato de tu dulce rostro que apacigua mis aguas y hace florecer mi campo de tulipanes, mil colores. Son tus cejas naturalmente definidas, el arco de mi triunfo que da paso a tus ojos que son el Sol y la Luna de esta mi tierra, tu tierra: tu faz.
Es tu nariz la montaña blanquecina que hace tramontar tus ojos firmes en la desesperada búsqueda de tu mirada que me enloquece y desata una tormenta de sentimientos en mi interior. Más tarde, tu boca se asoma conforme bajo mi visión en tu viso rectangular: creación de alguna deidad abstracta a mi pensar.
Esos tus labios tan tersos y rosas, como  nubes en cielo crepuscular; me hacen pensar que no hay límite para el tacto de mis manos, de mis dedos, y quiero en ellas poder brincar, quiero poderlos besar. Quiero nublarlos con palabras gratas que mi sumisa e infantil forma de querer, les hagan llover sobre mí.
Empero, tus  mejillas color arena son la playa en la cual el mar de mis manos quiere rebozar en caricias juguetonas, que mojen las tierras desérticas de tu fino rostro de hombre joven, bienamado.
Las comisuras de tu arista más sensual -tu boca- al sonreír son mi refugio. Cada expresión tuya merece un escrito, un poema, un beso, una caricia y una queja.
No eres responsable de los gestos dulces que despliegas entre las damas que te rodean, y me duele. Me duele porque te quiero como se quiere a un buen recuerdo, como un amor, como una pérdida; Te quiero como se quiere lo imposible, lo distante. Te quiero como el masoquista quiere la ajena tortura.
El retrato escrito de tu rostro es sólo una prueba de que, en la imaginación del lector, tu rostro se vuelve ave que va y viene en mis anhelos más callados, más abiertos, más sinceros…
Cerremos este retrato lleno de divague, con tu barbilla: Oh suave colina que nos desliza al manjar de tu cuello fuerte y varonil.
Este es el retrato de tu rostro, idilio mío.

Dedicado especialmente a aquél
que se sabe querido por mí y,
aún así, me deja en el más
ínfimo abismo de la
abrumadora
soledad.


Julia María del Prado

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