Pequeña confesión de una “dobladora compulsiva”

Hola, ¿qué tal?. Dicen -para fregar gente- que soy una dobladora compulsiva. Esto se debe a que doblo turno muy seguido en el trabajo pese a que soy nueva (ya no tan nueva). Aquí entre nos, de mujer a lector(a), confieso que no doblo por gusto ni por que quiera mucho dinero para mal gastarlo en sandeces. No, yo tengo dos hijos qué mantener (JAJAJAJAJA), dos hijos de madera, un niño y una niña, un violín y una viola. Ahora que tengo empleo, prefiero auto “negrearme” para poder brindarle a mis pequeñines lo mejor. No es relevante lo siguiente, pero me gustaría comentarte, lector mío, que estoy feliz porque al menos esta quincena voy a poder comprarle un estuche “decente” a mi violín, pues el que tiene ya está todo “podrido y asqueroso” (JIIJIJIJIJI UPS) y mi hijo pródigo se merece un buen lugar dónde reposar mientras no esté en uso. 
Poco a poco, dando mi mejor esfuerzo y aún que tenga que acabar casi muerta todos los días y llegue a casa a dormir como tronco, mis amados instrumentos -mis complementos vitales- van a tener más cuidados.

También me gustaría confesar que extraño mucho esas tardes llenas de música, de risas, de uno que otro chiste musical, del bulliyng que me hacían por ser la única violista. Ah, qué patética he sonado. Considero que es un tipo de metamorfosis tipo Kafka pero al revés. 

Esta nota es corta, me disculpo de antemano.
Sólo quería sacar esto que me presionaba el pecho.

Gracias por leerme.

Julia María del Prado.

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