Memorias de tu piel

Cierro los ojos y ahí estás, siempre presente aún que estés lejano. Puedo sentir el calor de tus brazos rodeándome, puedo sentir tus manos jugando, subiendo y bajando por mi piel. No quiero borrar jamás todas aquellas memorias de tu piel, ni de tus ojos ni de tu boca, ni de tu voz.
Memorias van y vienen, de encuentros primaverales transformados en otoño, en el otoño de tu piel errante y vivida. Mientras que en mi boca crecen flores que se vuelven besos, en tu piel crece mi árbol que va extendiendo sus raíces hasta tus huesos y planto poco a poco, las flores de mis besos.
Es crepuscular -por no saber expresarme a ciencia cierta- lo que tu piel cálida le provoca a mi ser. Porque si fueses un color, en definitiva serías naranja, porque eres como el sol: por la tarde se va, y regresa por la mañana.
Eres un fragmento de un poema jamás escrito, eres un solitario árbol de cerezo en un jardín chino. Eres, entre muchas cosas, lo que -a resumidas cuentas- más quiero.

Julia María del Prado

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